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“Sabido es de todos, que hay tres cosas fundamentales en nuestra vida, que nos la hacen dichosa: la salud, el dinero y el amor. Diríase que el tres, es nuestro número venturoso. Y, ¿qué mayor ventura, que poder llegar a Puerto de Vega por tres rutas diferentes?”. Bajo las siglas C.G.L.S. se firmaba este texto del libro de las fiestas de 1986. Muchos son los atractivos de este pueblo marinero pero, si les preguntan a sus habitantes, en su mayoría coincidirán en que lo mejor de Vega, momento en el que confluyen las tres rutas de llegada (sobre todo la primera), son las Telayas.  

Para muchos el mes de septiembre es uno de los más tristes del año por el ocaso del verano y la llegada del otoño.

En Veiga, sin embargo, si hay un mes que destaque por encima de los demás, ese es septiembre. 

 

Los días 7, 8, 9 y 10 se celebran las fiestas de la patrona de los marineros locales, Nuestra Señora de la Atalaya, tan queridas incluso fuera de las fronteras del pueblo pixoto. La talla de la Virgen se apareció, milagrosamente, a unos implorantes marineros que pedían salvación al verse atrapados en el medio de una gran tempestad. Regresados de una pieza, los una vez náufragos mostraron al pueblo la talla de la Reina de los Mares que les había devuelto a tierra sanos y salvos. Tiempo después, en 1609, una capilla fue levantada en su honor allá donde tierra y mar confluyen en Puerto de Vega: su verde balcón, el campo de la Atalaya.  

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LA VÍSPERA

7 DE SEPTIEMBRE

Son muchos los pueblos de la geografía mundial en los que gigantes y cabezudos protagonizan diferentes celebraciones religiosas y paganas. En pocos lugares, sin embargo, tiene la tradición tanto peso como en Puerto de Vega. 

El 7 de septiembre es un día marcado a fuego en el calendario de muchos veguenses. Tal fecha comienzan las fiestas de la Atalaya, las Telayas para los locales, con su querida víspera. Popularmente se la conoce también como el día de los cabezudos, bautizada así por la importancia de tales caretas.  

Joaquín Ferreira, ex-miembro de la comisión de fiestas y vecino de Puerto de Vega, sitúa el origen de la tradición en las décadas de los 60 y 70. Se cree que alguien del pueblo, en un viaje por el norte de España, vio estas figuras y, encandilado, decidió comprarlas. Por aquel entonces, la comitiva estaba formada por únicamente tres o cuatro caretas, siendo estas primeras compradas en la ya desaparecida tienda barcelonesa El Ingenio. En los 90 asciende la cifra a 25 caretas, acudiendo en ocasiones a la villa vecina de Luarca para sumar cabezas a sus filas. En el 2012 ya se rondaba la centena, límite que se superó en 2018 con 107 cabezudos. Hoy en día, son 85 los cabezudos que corren por las calles de Puerto de Vega el 7 de septiembre.  

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Caretas de cabezudo en el local de la comisión. Fotografía de Andrea Rguez. Regodeseves

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Ropas de cabezudo en el local de la comisión. Fotografía de Andrea Rguez. Regodeseves

Antaño, pese a que la disponibilidad de trajes era menor, también lo era la predisposición de los locales a vestirlos. En la actualidad, el problema es precisamente el contrario: la demanda es tal que, para poder conseguir una careta, se establece un sistema de asignación por sorteo para los nuevos interesados. El furor por la víspera cada vez es mayor entre los foriatus, aunque para muchos, siempre estuvo ahí. Para Gema Fernández, secretaria de la comisión, la popularización de los cabezudos ha sido un proceso más bien orgánico: “yo creo que la víspera aquí realmente nadie hizo nada para que a día de hoy sea el día más importante o que a la gente más le gusta. Simplemente... Yo tengo un recuerdo de pequeña de ser mi día favorito, y hablas con la gente del pueblo y es como el día favorito. Yo creo que antes, al menos, ese día favorito era porque era como más del pueblo realmente, ¿no? Era como una cosa más local, no era ya la Telaya, que ya venía gente de fuera, o la jira. Ese día era como un día de más del pueblo y entonces, bueno, era más divertido para los locales, por así decirlo”. 

Disfrutan por igual locales y foriatus, perseguidos y perseguidores. Porque, igual que los cabezudos de Luarca pegan, los de Vega también. Y después de una buena carrera. Manuel Jesús Pérez, cabezudo desde hace cinco años, sabe bien cómo es la experiencia desde ambos bandos. Distinta, pero igualmente enriquecedora. Manuel Jesús prefiere llevar la careta. “Bajo mi punto de vista, mola más, porque es como que la fiesta la estás haciendo tú para otra gente, que quieras que no pues mola. Mola porque ves a la gente pasárselo bien, ves a la gente divertirse, cantar, correr. Lo ves desde una franja muy pequeña, que al final es el huequín que ves desde los ojos, que normalmente está en la boca del cabezudo. Y lo ves distinto, porque cuando eres pequeño, claro, corres de los cabezudos, intentas escapar, vamos con un palo para dar un poco de manduca”, explica el veguense.  

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Palos y escobas que portan los cabezudos el 7 de septiembre. Fotografía de Andrea Rguez. Regodeseves

Y es que, en Puerto de Vega todo el mundo sabe cuál es la señal para comenzar a escapar de los cabezudos. Todos los 7 de septiembre, a las 12 en punto, el pueblo y todo aquel que desee acompañar a los locales en tan señalado día se reúnen a las puertas de la rula, los más valientes ataviados con ropa deportiva y alguna que otra botella de bebida para ir paliando la sed. Ansiosos, todos esperan su pistoletazo de salida: la sirena de la rula que marca el inicio de las Telayas. A partir de entonces, sálvese quien pueda. Apenas llegado el sonido de la alarma a los tímpanos de los jóvenes expectantes, las puertas de la rula se abren de golpe y el primer cabezudo de la comitiva, el más rápido y temido, empieza su sprint hacia los potenciales perseguidos. El toro encabeza un colorido conjunto de figuras que corren hacia los vecinos. Este es un momento grabado en la retina de todo aquel que vive las Telayas. Eusebia Suárez, Sebi, madre de Manuel Jesús, lo describe de esta manera: “ese sonido de la sirena y el primer volador, te da un... Tienes que vivirlo. Una cosa, tienes que ser de aquí, obvio, pero el que es de

fuera y lo vive por primera vez, yo creo que le toca. Ese

sonido de la rula, y ver salir el toro cabezudo,

el primero corriendo, ye lo más”. 

A la izquierda, la multitud agolpada en el Jorge, frente a la rula, el 7 de septiembre previa salida de los cabezudos. A la derecha, salida de los cabezudos tras sonar la sirena. Fotografías de Gema Fernández.

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Tras este espectacular comienzo, los cabezudos inician un recorrido por el pueblo, acompañados por los vecinos y amenizado por charangas y bandas, mientras cantan los versos típicos de estas fechas. Este es otro de los sellos de identidad de los cabezudos de Puerto de Vega. En su trayecto, tienen establecidas diferentes paradas a lo largo del pueblo, donde se quitan las caretas para reponer líquidos y entonan habaneras, rancheras y todo tipo de canciones que se pueden cantar en estas fechas. Banda sonora de las Telayas y también de muchos veguenses. Desde luego, de Manuel Jesús, al que Sebi ya acunaba no con nanas, sino con estos ritmos telayeros.  

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Un sentimiento que pasa de generación en generación, aunque no todas pudieron disfrutar por igual de la víspera siempre. Esta afluencia de gente no era lo habitual en los años mozos de Gema y Joaquín. De hecho, al menos la mitad de los veguenses no salían en esta fecha, más concretamente, la mitad femenina. “Salían los hombres en peña y ellos sí que iban a comer. Y las mujeres, pues muchas salían con los hijos a lo mejor, a la una... Las que les dejaban”, explica la secretaria. Estamos hablando de hace 30, 40 años. La víspera consistía en que los paisanos hiciesen una ruta de bares tomando vino mientras las mujeres cuidaban la casa y preparaban la comida para el día siguiente. No era que no salieran tampoco pero, como puntualiza Gema, era una forma de “salir a verlos, no a vivirlos”.  

Vivir los cabezudos es acompañarlos en cuerpo, alma y voz en su recorrido por Puerto de Vega. Un recorrido que termina siempre pasado por agua. Es una tradición no escrita que los jóvenes (y no tan jóvenes) rematen la mañana en el muelle de Vega, donde los cánticos no cesan pese a estar luchando por mantenerse a flote.  

Duchados, comidos y con energías renovadas, las charangas y las bandas vuelven a tocar sus armonías para acompañar a los veguenses en un nuevo recorrido. La música está presente en este trayecto desde hace relativamente poco, 30 años, aunque la subida se realizaba igualmente. Esta vez, el destino es el campo de la Atalaya. Antaño esta nueva romería podía comenzar a las 4 de la tarde pero hoy, los cabezudos se alargan hasta bien pasada la hora habitual de comida, por lo que la subida al campo puede rondar las 6 o las 7 de la tarde. Lo que no ha cambiado tanto es lo que allí, con el Cantábrico y la capilla de fondo, tiene lugar: la comisión reparte el vino y los “bollinos de Sixto”. Los vecinos disfrutan de ambos manjares en el campo, con familia y amigos, para terminar con una nueva bajada con la charanga hasta el parque donde, a partir de las 11 de la noche, tendrá lugar la primera de las cuatro verbenas de unas recién empezadas e ilusionantes Telayas.  

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Asistentes lanzándose a las aguas del muelle tras el recorrido. Fotografía de Gema Fernández.

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Grupo de amigos sentados en el campo de la Atalaya disfrutando de la comida y la bebida. Fotografía cedida por Laura Pérez.

LA TELAYONA

8 DE SEPTIEMBRE

Fotografía cedida por Gema Fernández.

En la actualidad, tras un inicio tan intenso como es el 7 de septiembre, la mañana del día de la Telayona se pasa contando ovejas. Sin embargo, cuando Sebi era pequeña, recuerda movimiento desde bien temprano. Explica la veguense lo que era la alborada, hoy desaparecida: “Todos los días de las fiestas tenías la alborada. A las 8 de la mañana pasaban las gaitas por todas las calles independientemente de que luego fueran a ir más tarde. O sea, que luego fueran con los cabezudos, que luego fueran en la misa de la Telaya. Daba igual. Todos los días había alborada. Entonces te levantabas de la cama, subías la persiana, veías pasar las gaitas y volvías otra vez a la cama. Y eso ahora no lo hay”. 

Ahora, el primer gran evento del 8 de septiembre es la misa por la Virgen de la Atalaya en la capilla. En tiempos de pandemia, la comisión se vio obligada a cambiar tal liturgia por una misa de campaña pero, a excepción de ese año por causas de fuerza mayor, la capilla siempre fue el escenario en el que rendir homenaje a la patrona. La construcción data de principios del siglo XVII, fundada por el Gremio de la Marinería y el Comercio aproximadamente en 1605. En su origen fue precedida por una humilde ermita construida en el siglo anterior que hoy conforma el presbiterio. En 1963 tuvo lugar la última gran reforma para dar más altura a la nave central.  

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La capilla de la Atalaya en una imagen del libro de las fiestas de 1999, conservado en la biblioteca municipal Carlos Peláez, Navia.

Después de las oraciones, antiguamente los jóvenes que hacían el servicio militar obligatorio ese año eran quienes sacaban a la Virgen en procesión. Hoy, tal tarea está desempeñada por marineros. El día de la Telayona es el de más marcado carácter religioso. Con todo, la parte laica ha ido ganando terreno y ya fue más religiosa de lo que es ahora. Por ejemplo, contaba Joaquín que antes acudían en tal fecha una gran cantidad de curas a los que la comisión pagaba la comida, algo que hoy ya no se hace. “La parte religiosa también va perdiendo fuelle, aunque se respete”, comenta el ex-miembro de la comisión.  

La parte más pagana comienza a la conclusión de esa misa y procesión con un vermú en el propio campo de la Atalaya, amenizado por dúos o pequeñas orquestas. La formación musical suele permanecer en dicha ubicación hasta la tarde, donde aún se mantiene un vestigio de las fiestas de antaño: fiestas populares, que no verbenas. Lo que ahora se hace en el parque Benigno Blanco antes se celebraba en el propio campo. Con el auge y la mayor afluencia de gente a la verbena de la noche, la hora de la fiesta popular fue adelantándose de las 9 a las 8, y finalmente a las 7 de la tarde, para adaptar el horario a lo que piden los nuevos tiempos.  

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Procesión del 8 de septiembre. Fotografía del libro de las fiestas de 1991. 

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Procesión del 8 de septiembre de 2022. Fotografía cedida por Gema Fernández. 

Precisamente el tiempo es uno de los principales enemigos a batir por la comisión. Concretamente, la ausencia de este. Ciertas celebraciones se han ido alargando, como el vermú, reduciendo el tiempo disponible para otras actividades. Un momento que duraba hasta las 2.30 hoy puede alargarse hasta las 4, teniendo comida inmediatamente después. Esto ha provocado la desaparición de algunas tradiciones, como el partido de solteros contra casados y solteras contra casadas. “A las cinco de la tarde estaba todo Vega viendo un partido de fútbol. Ahora, no hay horas en el día para hacer todo lo que hay que hacer. Ese es el problema”, explica Joaquín.  

El 8 de septiembre se pasa, entonces, de la fiesta popular en el campo a la verbena en el parque. Una verbena difícil (y cara) de gestionar porque se celebra no solo el día de la Virgen de la Atalaya, sino también el día de Asturias. Esto hace que la organización tenga que reunirse apenas 15 días después del remate de las Telayas para comenzar con la gestión de la siguiente edición. “En octubre ya tenemos contratadas las orquestas para el año siguiente. Con un dinero que no sabemos si vamos a tener”, explica Gema, secretaria. Antes esos fondos económicos se conseguían, en palabras de Joaquín, “solos”; normalmente vendiendo unos talonarios de lotería y poco más. Incluso, lo que sobraba de las fiestas era utilizado para mejorar el pueblo. Hoy, con el auge de las trabas administrativas y burocráticas y el incremento del precio de las orquestas, parece una utopía muy lejana.  

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Cartones de bingo en el almacén de las Telayas. A través de diferentes actividades como las rifas se obtienen fondos para la organización de las fiestas. Fotografía de Andrea Rguez. Regodeseves

Contra viento y marea continúan sacándose adelante estas fiestas de la mano de la comisión, pero bien asistidos por el interés y el empuje de todo un pueblo. Es una sensación de colectividad que Sebi describe así: “Es que no sé qué problema tiene Vega, problema o virtud, que hay algo y todo el mundo colabora. Es muy raro, en pocos casos, pocas personas, que se puedan desvincular de echar una mano a algo. Siempre colaboran unos con otros”.  Servando Fernández también trata de ponerle palabras a ese sentimiento en su pregón de 1991: “Fiestas de la Atalaya que, no son solamente expresión clara de la firme y decidida voluntad de nuestro pueblo por mantenerse inalterable y sólidamente unido, sino también una sincera llamada a la amistad y confraternidad con todos los pueblos y gentes del entorno inmediato y expresivo reflejo de una arraigada fe heredada de los que nos han precedido”.  

LA TELAYINA

9 DE SEPTIEMBRE

“Vega es un pueblo marinero // y yo me pongo el primero // a llamarles caballeros de la mar. // En las noches de verano se les escucha cantar // canciones de amor y faena, la marea pleamar. // Rostro atezado, piel salobre // reciben cada año marineros de renombre. // La santina sale en hombros // por la quinta que da la gloria. // Por eso grabad en la memoria // que los marineros son paisanos, // los demás son aldenos”. En estos versos del 2000, Eliseo Món alaba a uno de los gremios más admirados y respetados en Veiga: los marineros.  

Puerto de Vega siempre ha honrado a sus hombres de mar y sus familias. Desde el medievo, se entregaba un ramo al matrimonio más mayor del pueblo relacionados con la pesca. Pese al parón de 1936 a 1957 ocasionado por la guerra y la recesión absoluta, dicha tradición se mantiene hoy vigente en el pueblo, convirtiendo el 9 de septiembre en uno de los días más emotivos de las Telayas. Inicialmente este homenaje se hacía en las casas: las familias aportaban comida y bebida y, tras un emotivo discurso, se entregaba el ramo a la pareja más longeva. Posteriormente se desarrolló en la Casa del Mar y, desde el 93, tiene lugar en la rula del muelle. Desde su vuelta en el 57, sin embargo, el reconocimiento no es para el matrimonio, sino únicamente para el marinero más viejo ese año. Para Sebi, el carácter del 9 de septiembre está claro: “es el día más emotivo”.  

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A la izquierda, marinero más longevo de Puerto de Vega recibiendo el ramo. A la derecha, concentración de personas para la ceremonia. Fotografías de los libros de las fiestas de 1993 y 1994 respectivamente. 

Para llegar a este momento tan especial de la jornada, primero tiene lugar una nueva misa en la capilla de la Atalaya y otra pequeña procesión. A continuación, la mencionada ceremonia del ramo e, inmediatamente después, el baile de los casados. Ante el cada vez menor peso de las sesiones vermú, Sebi comenta como el día de la Telayina destaca sobre los demás: “está la pista llena, llena, llena y todo el mundo baila. Todo el mundo. El vals de las mariposas”.  

Para muchos el día de la Telayina es el día de descanso, pero Sebi comenta que es un “no parar”. Hay actividades todo el día para aquel que aún conserve fuerzas después de dos intensas jornadas. Por la tarde, en la última década se ha recuperado el carnaval telayero: un desfile de disfraces en el que las gentes del pueblo lucen sus vestimentas más ingeniosas para intentar llevarse suculentos premios. Antaño, el despliegue era incluso mucho mayor. Loli Ramos, madre de Sebi y abuela de Manuel Jesús, recuerda como solía haber grandes y vistosas carrozas recorriendo Veiga el 9 de septiembre: “Había disfraces y había unas carrozas, el día de la Telayina, que eso era una pasada. Decían en aquel entonces que tenían que ver todavía las de Oviedo y las de Gijón como las de Vega que había en esas fechas. Eran preciosas, preciosas. Había, por ejemplo, como si fuera una casa grande con chimeneas. Eran preciosidades. Hubo ballenas, hubo, bueno, de estas de la Mancha también, manchegos, con la caseta y con todo. Hubo también de sevillanas, hubo de todo. Era una preciosidad. Además, bien hechas y bien vestidos”.

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Muelle de Vega durante el desfile del carnaval telayero el 9 de septiembre de 2025. Fotografía de Gema Fernández. 

Manuel Jesús con su disfraz grupal de salón de belleza durante el carnaval telayero de 2025. Fotografía de Gema Fernández. 

Joaquín Ferreira disfrazado en el desfile del carnaval telayero de 2025. Fotografía de Gema Fernández.

La diversión no termina con los estrafalarios disfraces, sino que el muelle acoge la celebración de los juegos náuticos, popularmente conocidos como “cucañas”. Son fundamentalmente dos: en el primero, los aspirantes deben intentar deslizarse de pie sobre un largo mástil ensebado para recoger la bandera anclada al final de este; en el segundo, una cuerda cruza de lado a lado el muelle y todo aquel que se atreva deberá hacer acopio de fuerzas en sus brazos para cruzar de un lado a otro, superando las tres banderas rojas atadas a la cuerda en su recorrido. La competitividad está servida, pero esta era el pan de cada 9 de septiembre sobre todo en el siglo pasado, cuando aún se organizaban las regatas. Pueblos de toda la zona se daban cita en Puerto de Vega para remar el día de la Telayina. Ortiguera y Veiga, con una especial rivalidad. Loli lo recuerda a la perfección: “Puerto de Vega y Ortiguera se llevaban muy mal, porque andaban a la pesca quién de regateaba más. Y había unos escalabros... Había uno que le llamaban a él Saturnino, que era el patrón de una barca de esas, de regata. Y entonces él tanto le daba, tanto le daba, que a última hora quedaba desmayado”. Aunque la competición no se conserve, el 9 de septiembre sigue siendo una jornada bien pasada por agua.  

Una ducha y el día termina de nuevo en el parque, con una verbena más tranquila que las anteriores. El objetivo es reservar fuerzas para el último gran día de las Telayas: la jira a Frejulfe.  

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A la izquierda, juego náutico de la cuerda. Fotografía cedida por Nora Iglesias.

A la derecha, disfraz del carnaval telayero de 2022 con las principales prendas para la jira de Vega. Fotografía cedida por Gema Fernández,

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LA JIRA

10 DE SEPTIEMBRE

Corría el año 1919 cuando una banda de música local decidió hacer un recorrido musical desde Puerto de Vega hasta la playa de Frejulfe. El inocente gesto fue el germen de lo que, 107 años más tarde, se mantiene en las Telayas como jira. Se celebró ininterrumpidamente a excepción de los tres años de guerra y los dos de pandemia y, salvo en 2023 por lluvia, siempre con el mismo destino. Inicialmente era la banda lo único que ponía música al desplazamiento, pero con los años, las gentes empezaron a cantar: rancheras, habaneras, de todo. Hacia los 90, se incorporaron una charanga y gaitas. Más adelante, otra segunda charanga. Y así llega la jira a nuestros días.  

Como si fuera una especie de déjà vu del 7 de septiembre, primer y último día de las Telayas comienzan igual. A las 12 todo el pueblo tiene una nueva cita desde el parque para emprender camino hacia la playa. Suena el despertador en las casas de Veiga unas horas antes, aunque de los nervios seguramente alguno no lo necesite. En la silla, ya estará listo el uniforme para la última jornada. Desde los 80, es costumbre acudir a esta romería vestidos enteramente de blanco aportando puntos de color con llamativas cintas y pañoletas. Al principio, estas últimas era de color rojo a imitación de los sanfermines, aunque terminaron por sumarse la amarilla y la azul. El significado más obvio parece la referencia a la bandera del Principado, pero hay quien dice que también recuerda a los colores de la barca de las regatas del pueblo.  

Romeros en la playa de Frejulfe tras la llegada de la jira. Fotografía cedida por Eva Pastor.

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Asistentes ataviados con la vestimenta típica del día de la jira en su llegada al campo, la salida y el propio recorrido. Fotografías cedidas por Gema Fernández y Eva Pastor.

La deslumbrante comitiva inicia entonces su recorrido hacia Frejulfe, cantando, bailando y bebiendo; con una serie de paradas para ir reorganizando a tan extenso grupo. Encabezando el conjunto, se encuentra la figura del capitán de la jira. El grupo que dirige porta con ellos la compuesta: un mejunje similar al calimocho, al tinto de verano; en el que los romeros van metiendo el tanquín de metal o de plástico que cuelga de sus cintas. 

Tanta bebida que se consume en la ida a la playa hay que compensarla, en el campo de la jira, con una contundente comida. En el pasado era la comisión la que abastecía a las familias con empanada, tortilla, filetes o vino; previa entrega de un vale que era comprado en los días anteriores. Hoy, cada familia lleva sus propias cestas y neveras para pasar la tarde en el campo. Las charangas continúan con sus melodías, acompañadas de las voces de los romeros que entonan las canciones típicas de las fiestas.  

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Campo de la jira visto desde el camino a la playa de Frejulfe. Fotografía cedida por Eva Pastor.

Afónicos y para nada igual de blancos de lo que salieron, los romeros emprenden la vuelta hacia el pueblo hacia las ocho o nueve de la tarde, respaldados siempre por el acompañamiento musical. En el camino es habitual comenzar a ver panoyas de maíz, con todo su tallo, alzadas hacia el cielo; ya que los romeros van cogiéndolas de las cunetas y alzándolas al aire. Así hacen su entrada en el pueblo, unidos; porque a la jira salen juntos, pero llegan unidos.

 

El sentimiento por estas fiestas, por este pueblo, funciona de pegamento en un grupo aparentemente inconexo, pero que comparten el amor y la emoción por unas fechas. Una emoción difícilmente contenida cuando la comitiva enfila la calle Jovellanos y las primeras notas de Bad Romance de Lady Gaga comienzan a sonar. Agachándose, saltando, gritando y cantando disfrutan los romeros de los últimos metros de recorrido hasta desembocar en el destino inicial: el parque Benigno Blanco, donde tendrá lugar la última verbena de las Telayas. La noche avanza y lo único que van quedando son los recuerdos de un gran día, unas memorias que servirán de incentivo para soportar la espera hasta el año siguiente. Unas imágenes que pueden describirse a la perfección con estas palabras datadas de 1986: “corros de danzantes y cantores espontáneos, disfrutan alegremente, mientras otros prefieren simplemente contemplar y escuchar. Cada cual a su manera, se divierte en la jira. Y espera poder volver el próximo año”.  

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Romeros regresan a Puerto de Vega con los maíces en alto. Fotografía cedida por Laura Pérez.

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Entrada de la comitiva en el parque Benigno Blanco la noche del 10 de septiembre. Fotografía cedida por Zaira Fernández.

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¿QUÉ 5 COSAS NO PUEDEN FALTAR

EN UNAS TELAYAS?

EL DÍA MÁS TRISTE DEL AÑO

11 DE SEPTIEMBRE

De todo el jolgorio de días anteriores, el 11 de septiembre en Veiga ya no queda nada. Solo el silencio. Hubo un tiempo que este día era casi como un funeral: los hombres recorrían las calles sin pronunciar palabra, cabizbajos, con el cigarro en la mano. Hoy, aunque no hay tan lúgubre desfile, el sentimiento de vacío predomina y pervive. El vacío y el agotamiento. En todas las casas de Veiga el 11 de septiembre se murmura “benditas de Dios vayan”. Sebi lo confirma y explica: “son agotadoras porque quieres estar en todo. Quieres estar el día de los cabezudos en la salida, quieres acabar la verbena, al día siguiente quieres estar en la misa, en la procesión y la sesión vermú, quieres la verbena, quieres el ramo y no te da la vida”.  

La enfermedad es, así mismo, el remedio. El luto por las Telayas solo se puede superar pensando en las siguientes. Cuando el cuerpo vuelve a responder a las órdenes del cerebro, los amigos se reúnen para despedir el verano tras la conclusión de las fiestas. Con las bebidas ya encima de la mesa bromean, como cuenta Manuel Jesús, con que las siguientes tan ahí. Y esas dos palabras encierran tal esperanza que sirven para afrontar los 364 días que quedan por delante. En navidades tan ahí. En marzo. En junio. En agosto y principios de septiembre, cuando ya hay juegos infantiles, el cofrade y otras celebraciones telayeras. Y, finalmente, entre tan ahí y tan ahí, es de nuevo la noche del 6 de septiembre y sabes que no dormirás porque al día siguiente comienzan los días más esperados del año. Y, en un abrir y cerrar de ojos, vuelta a empezar.  

QUEDAN

PARA LAS TELAYAS 2026

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