EL DÍA MÁS TRISTE DEL AÑO


No importa cuán ardua sea la búsqueda, no lograrán encontrar un lugar con tan emblemático elenco de personalidades célebres como este. Existe un cementerio en una pequeña villa donde yacen un premio Nobel, dos premios Óscar y dos medallas de Plata del Principado de Asturias. Resuenan especialmente dos de sus nombres: Severo Ochoa, Nobel de Medicina en 1959; y Gil Parrondo, ganador de dos Óscars por Patton y Nicolás y Alejandra. A lo largo y ancho de la geografía mundial, tal reunión de celebridades se produce en un punto del noroeste de la Península Ibérica, en el noroccidente astur. Hablamos de Luarca. En dicha villa se celebra una fiesta a la que ni los más eruditos científicos como Carmen y Severo Ochoa se pudieron resistir: la romería de San Timoteo. En el campo no eran los prestigiosísimos médicos, sino unos timoteínos más que acudían a disfrutar con sus amigos, a compartir su culín de sidra, a reír y a entonar el “San Timoteo, eo, eo”.
Pero, ¿quién fue San Timoteo, figura que toda una villa homenajea cada 22 de agosto? San Timoteo, del griego “el que honra a Dios”, fue el más querido de los discípulos de San Pablo y obispo de Éfeso. Nació en Licaonia en el año 30, hijo de padre pagano y madre judeocristiana, y murió mártir en la ciudad de la que era obispo en el año 97. Predicó con su maestro en Tesalonia, Filipos y Berea. Al parecer fue un obediente discípulo del Apóstol siendo un gran obispo aun sin hechos relevantes. Se desconocen los acontecimientos y la vida de San Timoteo salvo por las dos epístolas que le dirigió San Pablo. “¿Andaría Timoteo difundiendo la palabra por España y llegaría a Luarca, decidiéndose entonces a morar en este maravilloso lugar?”, se preguntaba José Antonio Carracedo en 1986. Fuera como fuera la vida del Santo, lo que está claro es que continúa en la romería que en la villa blanca sigue celebrándose cada 22 de agosto.


SANTA ÁGUEDA
A pesar de que únicamente una de ellas lleva el nombre del Santo, en el campo de San Timoteo se celebran tres romerías. La primera de ellas es Santa Águeda. Esta es la que inicia las fiestas de San Timoteo hacia finales de julio o primeros de agosto, en función del resto de celebraciones. Es el bollo concretamente el que determina la fecha de celebración de Santa Águeda. Por estatutos, el bollo es el domingo anterior a la celebración de San Timoteo. La primera romería tiene que celebrarse en fechas anteriores a esa pero con cuidado de no pisar otras festividades importantes de la zona, como las fiestas del Rosario (13, 14 y 15 de agosto) o las de Almuña (donde celebran San Lorenzo, que es el 10 de agosto), y atendiendo a las peticiones de los locales.
La Cofradía de San Timoteo, de la que forman parte Marco Antonio Suárez (Vicepresidente), José Pedro Fernández (Secretario) y Sergio Díaz (Vocal); intenta, en la medida de lo posible, cumplir con las necesidades del pueblo en cuestión de fechas. Son muchas las personas que pasan por el local de la cofradía preguntando qué día es el bollo para asegurarse de que llegan a tiempo. “¿Cuánta gente nos llama: ‘oye, cuando es el día del bollo, porque tengo que pedir las vacaciones’, o los descansos o lo que sea? Y tienes que decirlo, porque se tienen que organizar”, explica Marco Antonio Suárez, vicepresidente de la Cofradía. Y, como para demostrarlo, cuando la entrevista con tal grupo organizador estaba llegando a su fin, un vecino se asoma a la puerta del local. Saca la cabeza y hace una pregunta que casi parece un déjà vu: “solo una cosa, ¿el día del bollo cuándo es por fin?”. El señor explica que acaba de hablar con una hija suya que tiene que sacar los billetes. Vienen cuatro desde el Puerto de Santa María. Ramón Jesús Suárez 'Tutús', vecino de Luarca y uno de los entrevistados, se vuelve y, divertido, dice: “¿Ves? Lo que acabamos de decir. Lo que socialmente mueve la Cofradía”.

Miembros de la Cofradía de San Timoteo posan el 22 de agosto. Fotografía cedida por Sergio Díaz.
Nadie quiere faltar a tan importante cita. “En el año hay una serie de fiestas señaladas. La Navidad es tradicional porque en España la Navidad es lo que es, pero en San Timoteo no podemos estar más orgullosos de lo que representa en la reunión de familias, porque en Luarca hay mucha gente que se ha ido y hay muchas familias que están todas fuera”, expresa José Pedro. “Pero para San Timoteo, para el verano, vienen y organizan las vacaciones en función de las fechas porque el 22 es fijo, porque es el día; pero el día del bollo, el día de Santa Águeda... Lo movemos un poquitín en función de la logística que podamos tener ese año y las fiestas que rodean alrededor”, continúa para ejemplificar cómo influye la determinación del resto de fiestas en el calendario de los timoteínos.

Cofradía, amigos y
familiares con el novio de Santa Águeda y la novia de San Timoteo. Fotografía cedida por Sergio Díaz.
Conocida entonces la fecha del bollo, puede fijarse el inicio de las fiestas de San Timoteo con Santa Águeda. A veces, sobre todo en los años 70 y 80, no servía de pistoletazo de salida sino de broche final. Esto no es, sin embargo, habitual. Lo más normal es que preceda al plato fuerte del mes y que comience con una verbena de sábado. En esta primera noche tiene lugar la lectura del pregón de las fiestas y se escoge a la Novia de San Timoteo y al Novio de Santa Águeda. Mientras que en la mayor parte de territorios que cuentan con tradiciones similares pero denominaciones diferentes (novias, reinas, damas) escogen únicamente a mujeres, llama la atención que en Luarca exista una figura masculina. Se trata de una modificación reciente, introducida por la actual directiva. José Pedro Fernández, secretario, lo cuenta así: “Tradicionalmente, hasta que entramos nosotros como Junta Directiva, San Timoteo tenía una novia y unas damas de compañía. Nosotros hablamos. Somos conscientes de que el mundo ha cambiado y nos parecía demasiado... Voy a utilizar la palabra sexista, pero igual no es la adecuada. Nos parecía que deberíamos adaptarnos un poco a una realidad social que es distinta. Entonces dijimos, vamos a hacer San Timoteo que tenga su novia y Santa Águeda que tenga su novio”. Después de su proclamación, tiene lugar la primera gran verbena.
A la mañana siguiente da comienzo la romería de Santa Águeda con los gigantes y cabezudos. Aunque en este caso, lo más correcto sería hablar de ellos en femenino. El día de Santa Águeda las personas bajo las caretas son exclusivamente mujeres, algo que no ocurre el resto de días aunque se mantenga cierta paridad. “Es el día de ellas. El día de ellas para atizar ellas”, afirma Tutús.


Caretas y vejigas de cerdo dispuestas en el almacén de la cofradía preparadas para hacer su aparición. Fotografía cedida por Sergio Díaz.
Dos mujeres cabezudas recorren las calles de la villa el día de Santa Águeda. Fotografía cedida por Sergio Díaz.
Y es que, como aclara José Pedro Fernández, “los cabezudos de Luarca pegan”. El instrumento utilizado es una vejiga de cerdo que, inflada inicialmente, parece un globo y resulta indolora. “Pero todos los timoteínos aprendemos a que el globo se pincha, se enrosca y se anuda”, puntualiza José Pedro. Todo con moderación y siempre controlados por la Cofradía, que cuida que la diversión no acarree ningún tipo de problema. “Yo, entre el resto de compañeros, siempre voy a salir con seis u ocho globos de más y a cada uno que veo por ahí demasiado guerrero le cambiamos el globito”, explica el secretario de la Cofradía.
La vejiga de cerdo no es lo único que los cabezudos deben llevar en Luarca. Es obligatorio que todos vayan ataviados con su chambrón. El chambrón es la vestimenta típica de las fiestas de San Timoteo: una especie de camisola de cuadros con la “T” del Santo bordada, pegada, cosida o colgada. Los timoteínos lucen el día 22 de agosto sus mejores chambrones, aunque estos ya sean estrenados por los cabezudos en las celebraciones previas, en el campo de San Timoteo. Un campo que ya es visitado en esa romería de Santa Águeda, por la tarde, para asistir a la misa en honor a dicha figura y tradicional procesión con despliegue de voladores de “repe” y charangas.
En los días siguientes pueden disfrutarse de variadas actividades que amenizan la espera hasta el próximo gran evento de las fiestas de San Timoteo: el día del bollo.

Procesión de Santa Águeda en el campo de San Timoteo. Fotografía de Ismael Díaz.
El domingo antes de San Timoteo los timoteínos ya tienen una cruz roja en su calendario. Tal jornada, que oscila de día numérico, levanta el apetito solo por su nombre. Estamos hablando del día del bollo. O, también, el día del cofrade.
EL BOLLO O COFRADE
DOMINGO ANTERIOR A SAN TIMOTEO
Patronal de 2025



Por cofrade se entiende toda aquella persona que colabora con la Cofradía, organización al cargo de las fiestas de San Timoteo, de forma económica pero también con su cariño, ideas y opiniones. La Cofradía de San Timoteo es de las pocas sociedades festivas que las gestionan y las mantienen económicamente los cofrades, sin pasar por alto la aportación del Ayuntamiento de Valdés, sobre todo a nivel logístico. Algo más de 4.000 cofrades contribuyen a sacar adelante tales celebraciones, siendo los perfiles más que variopintos. No todos son humanos: hay cofrades perros. Hay, incluso, cofrades que aún no han nacido. Padres que apuntan a sus hijos, con nombre y apellidos, pero sin fecha de nacimiento. Así de fuerte es el sentimiento timoteíno y el arraigo en la tradición familiar. También hay cofrades que ya no están aquí, grandes amigos que lo fueron durante 40, 50 o 60 años y cuyas familias siguen pagando la cuota porque no quieren perder eso. “Y tienen su número, tienen su vale para el bollo y todo, como todos los demás. Y eso es tan estimulante, que la familia quiera decir: papá fue timoteíno toda la vida, da igual que falte que no falte; vamos a la capilla y lo llevamos en el recuerdo; vamos con su vale y vamos a buscar el bollo. Es tan bonito, tan estimulante, tan gratificante...”, comenta emocionado José Pedro.
Todas esas acciones son las que realiza un cofrade el día del bollo. Comienza la mañana con una nueva salida de gigantes y cabezudos amenizada por la música instrumental de charangas, bandas y gaitas. A la tarde, en la capilla de San Timoteo, se recuerda a todos esos compañeros y compañeras que ya no están en una misa por los cofrades fallecidos. A la salida, la pena y el recuerdo mutan en alegría y emoción hasta que cae la noche con el tradicional reparto del bollo, la patronal o boletín timoteíno y las Ts de los cofrades. La jornada termina con una nueva verbena en el parque.
Como se puede deducir de las líneas anteriores, el día del cofrade es un día de mucha unión y emoción entre los timoteínos. Un sentimiento que cada vez va a más y que, ante la masificación del día de San Timoteo, parece estar convirtiéndose en uno de los días favoritos para los locales. Así lo siente Tutús: “es más nuestro, es más personal, más familiar, más puro. Más puro que San Timoteo: tanto se desmadró, tanto creció, que hay veces que… Por eso está cada vez gustando más y está tirando la gente pura por el bollo, porque es aquel San Timoteo que conocimos. Porque el bollo de ahora es un San Timoteo de hace 40 años”.
Algo muy suyo, muy de los de casa, pero que no dudan en compartir con todo aquel que se deje caer en la villa a mediados de agosto y que quedará prendado de ella para siempre. Un sentimiento que alcanza su máxima expresión el 22 de agosto, pero que ya empieza a erizar la piel con semanas de antelación.

Por sus aportaciones anuales, todos los cofrades reciben un ‘bollín’ de chorizo o bollo preñado y una botella de vino para disfrutar sobre la hierba del campo de San Timoteo en compañía de sus amigos y familiares. La pastoral es una especie de hoja de noticias en tono cómico que recoge los acontecimientos más importantes del año anterior en palabras e ilustraciones.

Reparto del bollo a los cofrades en el campo de San Timoteo. Fotografía de Ismael Díaz.
Patronal de 1989




LA VÍSPERA
21 DE AGOSTO
Aunque gigantes y cabezudos hayan salido a pasear en fechas anteriores por las calles de la apodada ‘villa blanca’, ninguna fecha como la víspera de San Timoteo para apreciarlos en todo su esplendor. 138 cabezas desfilan y atizan el 21 de agosto, formando la comitiva más numerosa de occidente. Tan solo dos de esas casi 140 son gigantes, que no abundan en cantidad pero sí en calidad. De nombre Pinón y Telva, las figuras acumulan 70, 80 años de antigüedad en su esqueleto de madera de cuatro metros. De hecho, la gigante fémina es la más antigua de la Cofradía. Algunos cabezudos también se acercan a esa edad, conviviendo cabezas más recientes con otras más clásicas. Debajo de las mismas, existe el mismo contraste. Jóvenes y adultos se convierten en estas fechas en burros, toros o galletas de jengibre. Todos muy diferentes, pero todos cofrades. Y es que, para ser cabezudo en Luarca es requisito indispensable pertenecer a la Cofradía de San Timoteo. Cada socio recibe un ticket que pueden canjear por su careta para uno de los días en los que gigantes y cabezudos toman las calles.

Cabezudos en las calles de Luarca acompañados por las charangas. Fotografía cedida por Sergio Díaz.

Pinón y Telva bailando en las fiestas de San Timoteo. Fotografía cedida por Sergio Díaz.
En el caso de la víspera, la cita da comienzo por la mañana, sobre las 12, previo calentamiento musical a cargo de bandas de gaitas y charangas. Entre canción y canción y golpe y golpe avanza la mañana, hasta que es el momento del vermú. Ya es típico que el día del bollo los cabezudos den paso a este momento, pero nada del calibre de lo que ocurre esta víspera de San Timoteo. Muchos de la quinta de Tutús y José Pedro recordarán salir con todo el 21 de agosto hasta el punto de reenganchar con el día grande. Hoy, sin embargo, lo habitual es dar el máximo por la tarde, en el vermú, que se alarga hasta casi la hora de la cena. “Ni yo ni José Pedro, que hay más como nosotros, pero ni yo ni José Pedro: nosotros no lo vivimos. Había un vermú, pero lo que se está montando hoy en día, lo que se está montando ahora, es increíble”, comenta Tutús.
Finalizado dicho vermú multitudinario, a la hora que cada uno considere prudente para su descanso, para los más valientes o activos la noche depara una nueva verbena en el parque. Sin olvidar, a medianoche, la tradicional descarga de voladores y fuegos artificiales. Entrada ya la madrugada del gran día, en Luarca el aire cambia. Solo se respira hermandad, alegría y amistad. Casi podría decirse que el oxígeno deja paso a otra sustancia, embriagadora, que llena los pulmones de todo aquel que cruce las fronteras de la ‘villa blanca’ convirtiéndolos en timoteínos y anclando su futuro a la villa para siempre. Emilio Martínez hablaba en el libro de las fiestas de 1976 de esto mismo. Decía: “Y me pregunto, ¿quién quiere más a Luarca, aquel a quien “nacieron” en ella o el otro al que las circunstancias le trajeron a vivir aquí?”.

Precisamente esta última tesitura es en la que se encuentra Dominique, un francés que hace 40 años recorría la zona en moto cuando comenzó a escuchar música y jolgorio. Presa de la curiosidad, decidió pararse en aquella villa que bailaba. Y, desde entonces, a ella quedó atada su destino. Aquel día conoció a la que hoy es su mujer y, desde entonces, no hay 22 de agosto que no esté en el campo. Similarmente encandilados quedaron un grupo de peregrinos italianos, hace 5 años, cuando fueron abordados por Tutús en la puerta de Ancomar. Invitados a comer y beber en esa víspera, el vecino les insistió en que debían experimentar San Timoteo al día siguiente. Pese a sus planes iniciales de marcharse, los extranjeros decidieron darle una oportunidad a la romería. Encontraron a Tutús en el campo, que los acogió como buen timoteíno y anfitrión y, entre bastones y chambrones, se formó un sentimiento que aún mantienen hoy en día. Vuelan desde Italia cada agosto para visitar el campo y compartir unos culines de sidra con aquel que les introdujo en tan bonita tradición. “Tan emocionante, tan pura y tan buen rollo que hay gente que se enamora de por vida”, dice José Pedro intentando poner en palabras el fenómeno.
Así comienza el embrujo, sutil e inocente, que no hace sino volverse más fuerte, potente y atrapante en el señalado 22 de agosto: día de San Timoteo. “Tú la fiesta la puedes vender, pero el que la vive, repite”, sentencia Tutús. Muchas son las emociones que se agolpan en el corazón de los timoteínos la víspera del día del Santo. Todas, sin embargo, resumidas en este texto de apertura del libro de 1976:
“Toda fiesta tiene su gloriosa víspera. Es el momento de proyectar maravillas. Casi todo cabe, gloriosamente, en un proyecto de fiesta. Las ideas se agolpan en una auténtica algarabía sonora y polícroma. El día antes de cualquier fiesta y sobre todo de la patronal, todos nos las prometemos muy felices y alegres. Incluso los tristes de toda la vida, los amargantes del lugar y los críticos con úlcera. Nada puede frustrar una víspera, que es como la compra de un billete de lotería capicúa y que sume trece; que tiene que tocar, vamos. Se palpa en el aire una expectación, el silencio previo que al parecer precede al desborde del cuerno de la abundancia. Nuestros recuerdos de la niñez están llenos de vísperas esperanzadas, que se exacerban en la víspera de la fiesta patronal y la convierten en noche de Reyes comunitaria. Hasta, afanosamente, empaquetamos y escondemos nuestros más íntimos rencores y nos disponemos a ser buenos en el mejor sentido de la palabra. [...] Pienso que el hombre, que la humanidad, no están perdidos mientras exista la posibilidad de vivir la víspera de una fiesta”.

Espectáculo pirotécnico el día de la víspera. Fotografía de Ismael Díaz.
Hace mucho tiempo, a principios del pasado siglo, unas pocas familias pudientes que veraneaban en la villa blanca decidieron reunirse antes de su marcha a sus lugares de residencia para decir adiós. Comenzaron a realizar una merienda campestre, a finales de agosto, para despedir el verano, pero también para disfrutar por última vez de la villa y los amigos que allí residían y que no verían hasta el estío siguiente.
SAN TIMOTEO
22 DE AGOSTO
Poco a poco, más y más familias, amigos y vecinos se fueron uniendo a la multitudinaria merienda hasta que, en 1910, se creó la Cofradía de San Timoteo y tal encuentro se constituyó en lo que hoy en día conocemos como la romería de San Timoteo. Una romería con más de 100 años de historia que ha mantenido (y lucha por mantener) intacto su núcleo duro: la camaradería y la amistad. “Aquella romería, aquel espíritu de romería que era juntarse las familias a merendar en el campo, es lo que seguimos intentando que prime por encima de verbenas, chiringuitos, ni nada”, asevera el secretario de la Cofradía.
El espíritu de la fiesta, por encima de cualquier cosa, es este. El buen rollo y la solidaridad priman por encima de todo el 22 de agosto. Tutús, vecino de Luarca, explica el carácter profundamente amistoso de la romería: “Si hay un día neutral en todo el año, un día que se entierra el hacha de guerra, ye el día de San Timoteo. Allí digamos que somos todos amigos, aquellas pequeñas rencillas, ese día no se tocan. Ese día si tengo que compartir un culín de sidra, un cacho de empanada o un no sé qué, se comparte. Mañana ya hablaremos o no hablaremos. Pero el día de San Timoteo es sagrado y buen rollo. Eso está transmitido de generación a generación”.

Romeras compartiendo un culín de sidra en San Timoteo. Fotografía de Andrea Rguez. Regodeseves.
La fiesta se disfruta un día pero se espera y se prepara durante los otros 364 días del año. Clara Gamonal, vecina de Almuña, cuenta que la preparación para la romería tiene sus tiempos dependiendo de cada elemento. Por ejemplo, si se quiere llevar un carro, los plazos dependerán de la maña de cada uno o de los que maneje la empresa encargada de construirlo. En julio se repasan los básicos: vasos, carpa, chambrón y bastón; aunque siempre hay tiendas de última hora para los más despistados. Aunque, en algunos casos, el mimo puesto en estos detalles característicos supera cualquier expectativa. Ya no con un mes de antelación, sino que hace 28 años comenzó José Pedro a confeccionar el bastón que hoy le acompaña en la romería. Él mismo lo cuenta: “Yo hace 28 años planté un árbol muy especial para que fuera creciendo y lo domé para hacer el bastón. Yo quería que mi bastón no fuera el típico palo y luego redondito arriba. Era una cosa un poco más especial. Cuando llegó la edad, 18 años después, corté el árbol y me hice mi bastón”. Cuando nació su hijo, hace 15 años, repitieron el proceso y en 3 estará listo para empezar su nueva vida como acompañante el 22 de agosto. Bastón y chambrón son dos elementos de la identidad de cualquier timoteíno y José Pedro lo tiene claro: “es un sentimiento timoteíno que a mí no me vale ir a comprarlo al puesto que se pone aquí delante: yo quiero mi bastón y mi bastón es parte de mi personalidad. Yo quiero que sea a capricho y lo hago porque me da la gana, pero es ese sentimiento. Lo mismo que el chambrón. El chambrón tiene 35 años y está casi transparente de las veces que ha ido y la guerra que ha pasado por él pero no lo pienso cambiar hasta que muera desintegrado”.


2006. Clara Gamonal en el campo de San Timoteo siendo una niña. Fotografía cedida por Clara Gamonal.
Joaquina González
en el campo de San Timoteo con sus amistades a finales de los 50. Fotografía cedida por Clara Gamonal.
Otras cosas se preparan el día antes o el propio día, sobre todo lo que tiene que ver con unas de las grandes protagonistas de la jornada: la comida y la bebida. Rocío Fernández y Joaquina González, madre y abuela de Clara, preparan empanadas, tortilla y lo que haga falta el día anterior porque, como afirma Rocío, “lo de ir a ver los fuegos, venir tarde y al día siguiente ponerte a cocinar, pues no”. La sidra, bebida predilecta de San Timoteo, debe comprarse lo más tarde posible para mantenerla fresca, aconseja la más joven de la familia. Aun así, para Tutús solo hace falta una cosa para disfrutar de la romería: estar. “Cuando me pregunta la gente que vive fuera, '¿qué tengo que hacer para venir a San Timoteo?' Yo respondo muy fácil: ser persona. Si eres persona y si un timoteíno, cualquiera de nosotros ve que te has perdido: ‘¿No sabes qué hacer? ¿Quieres comer? ¡Come y bebe! No quedes así mirando. Toma un culín y bebe. ¡Eh neno!’ Y seguramente alguna veterana, alguna abuela o mamá: ‘¡eh! ¡A comer!’ ¿Entiendes? Ser persona y cuando acaba el día el primer año que vienes y ya vas andando por esta calle y llegas a La Farola, te sientes timoteíno como otro más, no te ves desplazado: saltas y cantas San Timoteo como el que nacimos aquí”, explica Tutús.
Con estas ganas y todo ya preparado suena el despertador en la mañana de San Timoteo. La primera cita es, una vez más (y esta vez por última), con los gigantes y cabezudos en un nuevo pasacalles al son de bandas de gaitas y charangas. Finalizado su recorrido, los timoteínos acuden al punto de encuentro en la Travesía del Teatro Amelia para partir todos juntos hacia el campo. La procesión cívica va encabezada por el carro de “El Pardín” de Almuña, tirado por el caballo Pitingo, donde la Cofradía porta las tradicionales barricas de sidra que van ofreciendo a quienes caminan a su lado. Los bastones que tantos luarqueses alzan al aire a las puertas de la capilla sirven en este momento para sujetar los vasos de sidra y aumentar el recorrido de la misma en el momento del escanciado, haciendo alarde de destreza y habilidad sidrera.


A la izquierda, timoteínos escanciando desde su carro. A la derecha, llegada del carro al campo. Fotografías de Ismael Díaz.
Una vez la comitiva llega al campo, sobre las 12 y media, se celebra la misa en honor al Santo. José Pedro, secretario de la Cofradía, explica que es una misa breve, “un poco jocosa”, dentro de la liturgia de la misa. Se realiza también una pequeña procesión y ahí, a las puertas de la capilla, es donde tiene lugar el momento álgido del día. “Yo creo que, sobre todo, cualquier timoteíno, más mayores, más niños; lo que esperan es el 22 sacar el Santo de la capilla y que cumpla un año más”, explica Sergio Díaz, vocal de la Cofradía. Bastones y Ts intentando alcanzar el cielo, alzados, todos los timoteínos entonan entonces el cumpleaños feliz para celebrar una nueva edición de la romería. “Las miles de personas gritando a pulmón el cumpleaños feliz es maravilloso. Es lo mejor de la fiesta”, afirma José Pedro.
A partir de ahí, empieza la celebración. Cada grupo y familia se dirigen al sitio donde pasarán la tarde. Y eso también es tradición. El propio lugar de asentamiento es otro rasgo de identidad de cualquier timoteíno, dice José Pedro. “Hay familias que, a ojos ciegos, te llevan a la hierba de la que llevan yendo 30 años. Lo mismo da que siegues en el prado, que dejes la hierba alta, que eches papeles o lo que sea: a ciegas van a su piedra, van a su tocón de árbol, porque es su sitio. Y como todos los años van al mismo sitio, todo el mundo sabe dónde localizarlos", explica el secretario. A lo largo y ancho del campo de San Timoteo pueden encontrarse romeros de todas las edades, incluso algunos imperceptibles a simple vista. Una de las hijas de José Pedro pisó por primera vez el campo en el vientre de su madre. La hija de Marco Antonio, con 5 días de vida. Tutús pisó esa hierba con 20 días y su hija con 16. “Y a lo mejor, al lado, había un paisano de 90 años. Entonces, ese es el ADN de San Timoteo”, relata el propio Tutús.




Romeros en el campo de San Timoteo. Fotografías cedidas por Ángela Fernández y Marina García.
Esta amalgama de romeros disfrutan e intercambian durante la tarde diversos alimentos y brebajes, en todo momento acompañados por la música de varias charangas que van recorriendo el campo, provocando que los timoteínos se lancen a entonar los cantares tradicionales de la fecha. Acabada la sidra y con la luz del día desvaneciéndose poco a poco, igual que llegaron juntos, los romeros abandonan el campo en compañía de sus compañeros: a las nueve emprenden el camino de vuelta a la villa e irrumpen en la misma pidiendo agua al unísono. San Timoteo no es una fiesta para ir de punta en blanco: para vivirla al máximo, hay que mancharse las manos. O más bien, mojárselas. Desde las ventanas de las viviendas que dan a las calles por las que retornan los timoteínos comienza a lanzarse agua con calderos, potas, macetas, regaderas, botellas y cualquier otro contenedor imaginable. No contentos con estas salpicaduras algunos, sobre todo antaño, buscaban masas de agua de mayor tamaño. Muchos se bañaban en el río vestidos. Un año incluso, narra José Pedro, el inocente baño se convirtió en un descenso a nado hasta la playa segunda.

Romeros se aglutinan ante la figura de San Timoteo con los bastones en alto. Fotografía cedida por Sergio Díaz.
Secos o mojados, una vez llegados al centro de la villa, los romeros se dirigen a terminar la jornada en la última verbena, haciendo acopio de fuerzas para resistir hasta que el cuerpo diga basta. Aquí, la música instrumental da paso a la amplificada de las orquestas, encargadas de amenizar la velada de unos timoteínos que llevan todo el día de parranda. Y así como empezaron, ya se están terminando. Antes o después los pies dejan de sostener al luarqués y, poco a poco, el parque se va vaciando, la música se va desvaneciendo y el sol va saliendo. Es el final. Pero también el principio. Con estas esperanzadoras palabras, termina Delfín Blanco su texto del libro de 1977: “Y al ir cerrándose los párpados bajo el peso de aquel día agotador, sabíamos que El Día Grande había terminado, que aquel era el colofón de las fiestas. Que a partir de entonces comenzaba la vida normal, pero también la preparación del próximo San Timoteo. Después el sueño”.
EL DÍA MÁS TRISTE DEL AÑO
23 DE AGOSTO
“¡Qué pena me da el pensar que el 23 de agosto marca el inicio de una larga espera!”, se lamentaba ya José Antonio Carracedo en 1986. Para Tutús, el 23 de agosto es equivalente al 1 de enero: es un nuevo principio de año. Igual que ocurría allá por 1910, en los albores de San Timoteo, el 23 de agosto significa despedida. Progresivamente todos los que hicieron por venir terminan yéndose, retornados a sus casas pero esperando volver el año siguiente a la villa que siempre será su hogar. Con tal marcha queda una sensación de apatía. "Pasamos de haber demasiada gente a no haber casi nada, entre que la gente que vino de vacaciones se marcha y los estudiantes se marchan, pues es como un poco de tristeza, ¿sabes? Se queda demasiado solo Luarca, demasiado tranquilo, demasiado sin gente”, describe Rocío Fernández, vecina de Almuña.
La conclusión de un mes tan intenso de celebraciones deja a los luarqueses exhaustos, física y emocionalmente, pero ya con la mirada puesta en la siguiente. Porque el 23 de agosto comienza la cuenta atrás para que el Santo vuelva a cumplir años. Así termina la cita de Carracedo: “Pero qué emoción, pensar que ya llega el 22 de agosto, que llega de nuevo San Timoteo. ¿Lloverá poco o lloverá mucho? Da igual. ¡Viva San Timoteo, manque chueva!”.





