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EL DÍA MÁS TRISTE DE LA HISTORIA

Las fiestas populares tienen un gran arraigo en estas comunidades del noroccidente astur, pero también en muchos otros pueblos de España y el mundo. La fiesta es una meta a alcanzar en un año marcado por las obligaciones y la producción. Es una promesa, estable en tiempos de inestabilidad, que reserva unos pocos días para el descanso y la celebración. Es una época para reconectar con la comunidad en un periodo histórico que nos incita cada vez más a la individualidad y el egoísmo.  

Las fiestas son un elemento fundamental de la vida humana y, por su gran importancia, deben ser cuidadas y perpetuadas de generación en generación. De lo contrario, el 18 de agosto, el 23 de agosto y el 11 de septiembre parecerán días normales en comparación con la posible fecha que marque el ocaso de las fiestas populares. Tal jornada no sería el día más triste del año, sino el más triste de la historia. Y, de descuidarnos, podríamos estar más cerca de este triste futuro de lo que parece.  

Desde la comisión de fiestas de las Telayas y Sofinavia identifican dos amenazas principales para la supervivencia de las fiestas: las trabas burocráticas y el relevo generacional. El aumento de la mercantilización de bienes, servicios y acontecimientos ha provocado que en los últimos años la gestión de una asociación de fiestas se parezca cada vez más a una empresa. Teniendo en cuenta que es el altruismo lo que mueve a los miembros de las comisiones y no el rédito económico, muchas veces todas estas complicaciones burocráticas terminan por paliar los ánimos de los integrantes, que se ven sobrepasados con sus otras responsabilidades. Cada vez es más difícil sacar adelante unas fiestas por el aumento general de exigencias y la consecuente disminución del tiempo de ocio, del tiempo del para-nada. 

En este sentido, Gema Fernández, secretaria de la comisión de las Telayas, y Joaquín Ferreira, ex-miembro de la comisión, reivindican la vuelta de la espontaneidad a las fiestas. Perciben en los últimos años una mayor necesidad de los asistentes por eventos pautados, lo que les obliga a concebir la organización de las mismas como un guion que deben seguir a rajatabla. Achacan esta nueva tendencia a la mayor difusión de las celebraciones por redes sociales, que genera unas expectativas en el público que buscan ver satisfechas al acudir a ellas. “Todos esos avances tecnológicos al final hacen que tú, si vas a una fiesta porque la has visto en redes sociales, quieres que pase exactamente lo que tú viste. Porque sabes a lo que vas y vas a ver eso exactamente así. No puede ser de otra manera”, explica la secretaria. Lo identifica casi como “representar una función”. Esta es la cara negativa de la popularización de las fiestas: el peso del ojo ajeno que puede llevar a que tales celebraciones terminen haciéndose de cara a la galería y no para el disfrute de los locales. La conversión de la fiesta en un producto que vender a futuros asistentes.  

Muchas veces, esos potenciales asistentes, normalmente gente de fuera que acude a vivir al pueblo por razones diferentes, pueden llegar a suponer una traba para la celebración de las fiestas patronales si no comulgan con la cultura local. Son muchas las personas que en los últimos años se han desplazado a estos pueblos del noroccidente de Asturias y, en algunos casos, han interpuesto quejas a los ayuntamientos por la celebración de las festividades. Frente a esto, la recomendación de Gema Fernández es clara: no luches contra el enemigo, únete a él. No son celebraciones herméticas, sino muy acogedoras con los visitantes. Vivirlas y reconocer la importancia que tienen para el pueblo y para la gente que vive en él es el antídoto principal contra el odio por ignorancia.  

La globalización y la facilidad de asistencia a todo tipo de eventos culturales y festivos también hace que el interés por las fiestas más locales disminuya. Antaño, cuando era mucho más complicado moverse entre villas y pueblos, las fiestas de la zona de uno eran indiscutibles. La gente reservaba las fechas en su calendario y movían cielo y tierra para estar allí esos días. Hoy, no hay tanta urgencia porque las ansias de celebración pueden satisfacerse con otros eventos a lo largo y ancho del calendario. “Yo estuve viviendo fuera 12 años y todos los años me cogía vacaciones y no me perdí ni una sola Telaya. No sé si mi hija va a hacer lo mismo realmente”, expresa Gema Fernández.

Esto preocupa especialmente entre las nuevas generaciones por varios motivos. En primer lugar, son quintas mucho más pequeñas de las que podían ser las de los nacidos en los 80 o los 90. El número de jóvenes por generación disminuye con el paso de los años y, de los pocos nacidos, cada vez menos persiguen un futuro en el propio pueblo. Muchos terminarán por emigrar lejos de Puerto de Vega, Navia o Luarca dadas las mayores posibilidades de movilización de la era globalizada, regresando (en caso de hacerlo) únicamente para las épocas festivas pero sin poder estar presentes para las tareas de organización necesarias a lo largo de todo el año. Hay una falta de gente joven en las comisiones de fiestas muy destacada a excepción de un par de grupos de la zona. Desde las comisiones tienen la sensación de que el aumento de complicaciones para la gestión y organización de las fiestas está desmotivando a las nuevas generaciones, que no quieren más complicaciones en sus vidas. Algunos temen que, de no existir relevo generacional, las fiestas terminen por tener que ser gestionadas por el ayuntamiento, lo que supondría seguramente una reducción de días y de actividades.  

Mientras que las fiestas se hacen cada vez más esenciales por los tiempos que corren, las propias características inherentes a este periodo histórico amenazan con destruirlas. No puede olvidarse que las fiestas patronales son parte de la identidad de los pueblos y un aspecto fundamental de la cultura y folclore de la humanidad. Aunque el futuro no parezca estar mostrando su mejor cara, la ciudadanía tiene algunas armas en su mano para evitar el fatídico desenlace. Para Gema Fernández, la principal está en transmitir el sentimiento por las fiestas desde pequeños. Los más niños deben poder disfrutar igual que los adultos, por ello, la secretaria recomienda no descuidar actividades como los juegos infantiles, que asientan el sentimiento por las fiestas desde edades muy tempranas.

 

Perder la fiesta significaría perder aquello que nos hace humanos. Sería afrontar un futuro mucho más triste sobre cuya desesperanza ya advertían en el libro de las fiestas de La Barca de 1986: “y pobres y desgraciados los pueblos que pretenden vivir sin luces”. Debemos luchar porque las fiestas sigan iluminando nuestros calendarios año tras año.  

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